Una de las mejores arengas de la historia

28/03/2011

Dicen que la realidad supera a la ficción, pero si esa ficción la escribe William Shakespeare, es difícil superarla.

Cuando los europeos identificaban los días por la fiesta del santo, el 25 de octubre se conocía como el día de San Crispín y San Crispiniano, hermanos mártires cristianos, patronos de los zapateros.

En el día de San Crispín del año del Señor de 1415 los Reyes de Inglaterra y Francia y sus ejércitos libraron una batalla en terreno francés cerca del castillo de Azincourt. Shakespeare la recreó en su obra “Enrique V”.

En la víspera de la batalla de Azincourt, el Rey Enrique V de Inglaterra dirigió a sus menguadas y agotadas tropas (cinco mil arqueros y otros tantos peones) una arenga que el genio de Shakespeare ha hecho célebre.

Kenneth Branagh como Enrique V

El famoso actor de origen irlandés Kenneth Branagh personificando a Enrique V en la película del mismo nombre, basada en la obra de Shakespeare.

Los ingleses se ven perdidos ante los franceses, y su Rey intenta animarles con unas palabras maravillosas, apelando a la camaradería y a la pervivencia de su valor.

GLOUCESTER: ¿Dónde está el Rey?

BEDFORD: El propio Rey ha cabalgado para ver su batalla.

WESTMORELAND: De soldados, ellos tienen por lo menos sesenta mil.

EXETER: Eso es cinco a uno. Además, están todos frescos.

SALISBURY: Es una proporción terrible.

WESTMORELAND: ¡Ojalá tuviéramos aquí ahora aunque fuera diez mil de aquellos hombres que en Inglaterra están hoy ociosos!

REY ENRIQUE V: ¿Quién pide eso? ¿Mi primo Westmoreland? No, mi buen primo. Si hemos de morir, ya somos bastantes para causar una pérdida a nuestro país; y si hemos de vivir, cuantos menos hombres seamos, ¡mayor será nuestra porción de honor!

¡Dios lo quiera! Te lo ruego, no desees un solo hombre más. Por Júpiter, no codicio el oro, ni me importa quién se alimente a mi costa; no me angustia si los hombres visten mis ropas; esos asuntos externos no ocupan mis deseos.

Pero si es pecado codiciar el honor, soy la más pecadora de las almas vivientes. No, créeme, primo, no desees un solo hombre de Inglaterra. ¡Paz de Dios! no perdería un honor tan grande como el que un solo hombre creo que me arrebataría por lo que más deseo.

¡Oh, no pidas uno solo más! Proclama, en cambio, Westmoreland, por mi ejército, que el que no tenga estómago para esta pelea, que parta; se redactará su pasaporte y se pondrán coronas para el viático en su bolsa. No quisiéramos morir en compañía de un hombre que teme morir en nuestra compañía.

Este día es la fiesta de Crispiniano. El que sobreviva a este día y vuelva sano a casa, se pondrá de puntillas cuando se nombre este día, y se enorgullecerá ante el nombre de Crispiniano.

El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada, agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta, y dirá: “Mañana es San Crispiniano”. Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices y dirá, “Esta heridas las recibí el día de Crispín”.

Los viejos olvidan. Y todo se olvidará, ¡pero él recordará con ventaja qué hazañas realizó en ese día! Entonces recordará nuestros nombres, familares en sus labios como palabras cotidianas: Harry el Rey, Bedford y Exeter, Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester, se recordarán como si fuera ayer entre sus jarras rebosantes.

El buen hombre contará esta historia a su hijo, y nunca pasará Crispín Crispiniano, desde este día hasta el fin del mundo, sin que nosotros seamos recordados con él. Nosotros pocos, nosotros felizmente pocos. Nosotros, una banda de hermanos, porque el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano. Por vil que sea, este día ennoblecerá su condición.

Y los caballeros que están ahora en la cama en Inglaterra se considerarán malditos por no haber estado aquí. ¡Y sentirán su virilidad disminuída cuando hable alguno que haya luchado con nosotros el día de San Crispín!

SALISBURY: ¡Mi señor soberano, prepárate de prisa! Los franceses están bravamente en orden de batalla, y marcharán sin dilación alguna sobre nosotros.

REY ENRIQUE V: ¡Todo está dispuesto si nuestro espíritu lo está!

WESTMORELAND: ¡Que perezca aquel cuyo espíritu retroceda ahora!

REY ENRIQUE V: ¿Ya no quieres más ayuda de Inglaterra, primo?

WESTMORELAND: ¡Quisiera Dios, mi señor, que tú y yo solos, sin más ayuda, pudiésemos librar esta real batalla!

REY ENRIQUE V: ¡Conocéis vuestros puestos! ¡Que Dios esté con todos vosotros!

Al día siguiente, la banda de hermanos de Enrique V aplastó al ejército francés en Azincourt de una manera absoluta, gracias a sus arqueros y la mala estrategia francesa. Mediante el Tratado de Troyes de 1420, Carlos VI de Francia aceptó conceder al Rey inglés la mano de su hija Catalina y, como dote, los ducados de Normandía y Anjou.

Azincourt fue la batalla más importante de la terrible Guerra de los Cien Años (1337-1453) que sembró por más de un siglo desolación y muerte por media Europa. Esta batalla también fue la primera victoria de la infantería sobre la caballería, y la primera de un ejército vasallo popular sobre uno de la nobleza.

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