Las Saturnales (en latín, Saturnalia) eran, para los antiguos romanos, las festividades más importantes del año. Podrían describirse como Navidad y Carnaval al mismo tiempo, y el cristianismo de la antigüedad, después de mucho esfuerzo, logró sustituirlas por las celebraciones que hoy conocemos.
Las fiestas Saturnales se celebraban del 19 al 25 de diciembre en honor a Saturno, Dios de la agricultura. A la luz de velas y antorchas, se celebraba el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, o nacimiento del Sol Invictus, coincidiendo con la entrada del Sol en el signo de Capricornio (solsticio de invierno). Eran siete días de bulliciosas diversiones, banquetes e intercambio de regalos. Tal y como es costumbre hoy día, los romanos de ese entonces aprovechaban esas festividades para visitar a parientes y amigos.

En el siglo III, el Emperador romano Aureliano instituyó el culto al Sol Invictus (aureo = oro, brillante como el sol) basándose en el antiguo culto a Mitra, el dios sol persa, que se empezó a conocer en el Imperio Romano 60 años antes del nacimiento de Jesús.
Según la mitología persa, Mitra nació de una virgen un 25 de diciembre. Podía curar enfermedades y revivir a los muertos. Mitra no murió, sino ascendió a los cielos en el equinoccio de primavera (pascuas) después de una cena de despedida con sus 12 discípulos (uno por cada signo del zodíaco).
Recién hacia el siglo V, la Iglesia decidió celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, y así ir opacando las antiguas celebraciones. Gradualmente dichas costumbres (ahora consideradas paganas) pasaron al Día de Año Nuevo, siendo asimiladas finalmente por la fiesta cristiana que hoy en día se conoce universalmente con el nombre de Navidad.
No importa lo que diga la historia, ni lo que diga el propio Papa Benedicto XVI. Sea cual fuere tu motivo personal, lo que importa es la celebración. Mi deseo es que el sentido que los buenos cristianos le dan a la Navidad esté presente en nosotros todo el tiempo, no sólo una vez al año.
¡Que disfrutes de las fiestas, y que Mitra… digo, Dios te bendiga!

[...] Carlos Zayas Guggiari. [...]