Licencias de software: Los grados de la libertad

17/09/2007

A continuación transcribo un artículo de mi autoría publicado en SaSoft, revista digital paraguaya sobre software libre, que puede ser descargada gratuitamente de http://www.linux.org.py/wiki/sl/sasoft

Antes de la década del 70, el código fuente (listado de programa) del sistema operativo Unix, propiedad de Bell Labs, se usaba libremente en las universidades como herramienta educativa. De igual manera, todo el software, bueno y malo, se compartía sin restricciones, como si de chistes (buenos y malos) se tratara.

Con los años, el software empezó a verse como algo patentable y sujeto a las leyes de propiedad intelectual. Bell Labs prohibió el libre acceso al código fuente de Unix, y en las universidades los profesores de sistemas operativos se vieron forzados a volver a sus aburridas clases teóricas.
Finalmente, el modelo de software propietario se impuso a nivel mundial, y no fue sino hasta hace unos años que se empezó a debatir con fuerza sobre la necesidad de un modelo alternativo, donde el software se estudie y se mantenga comunitariamente, no a escondidas entre las cuatro paredes de una empresa. En resumen, se buscaba rescatar el espíritu que predominaba en la década del 60.

Quizás un poco de historia nos recuerde los beneficios que se obtienen al contar con la libertad de elegir.

LOS 25 AÑOS DE LA PC

La computadora personal, tal cual la conocemos, acaba de cumplir 25 años. En agosto de 1981 IBM lanzó al mercado el modelo 5150, también llamado “Personal Computer” (computadora personal) o simplemente IBM PC.


Con este lanzamiento, IBM, líder absoluto de la informática en aquella época, entró un tanto rezagado a competir en el emergente mercado de las microcomputadoras, hasta entonces llamadas “home computers” (computadoras caseras) o “hobby computers” (computadoras de aficionados) y fabricadas desde finales de la década del 70 por empresas pioneras como Apple, Commodore y Sinclair.

En aquella época, cada fabricante de computadoras construía sus modelos alrededor de un conjunto diferente de componentes electrónicos, lo que los volvía incompatibles entre sí tanto a nivel de hardware como de software. Incluso los nuevos modelos de un mismo fabricante en la mayoría de los casos no podían usar los programas y dispositivos de los modelos anteriores. Esto forzaba al comprador de un nuevo modelo a adquirir de igual manera nuevo hardware y software para su flamante equipo.

Así estaban dadas las cosas cuando IBM, apresurada por lanzar al mercado una microcomputadora con su marca, y en contra de su política habitual de “fabricar todo en casa”, acudió a terceras partes para el suministro de hardware y software. La empresa Intel ofreció su microprocesador 8088 para ser el “cerebro” del equipo. Por su parte, una pequeña empresita llamada Microsoft se encargó de conseguir el sistema operativo, al que rebautizó MS-DOS.

EL ATAQUE DE LAS CLONES

La PC fue un fracaso en el hogar, pero el prestigio de la sigla IBM se hizo sentir en el ámbito empresarial, donde se adquirieron muchas PCs únicamente para poder usar VisiCalc, la primera planilla electrónica de la historia, originalmente creada para la Apple II y posteriormente versionada para otras plataformas.


Pero el legado de la IBM PC tiene un valor que va más allá de la bendición de una sigla de tres letras. En ese entonces, nadie podía fabricar por su cuenta una computadora Apple o Commodore, y las posibilidades de expansión de estos equipos estaban limitadas al capricho de sus fabricantes. Sin embargo, cualquiera podía fabricar una computadora compatible con la IBM PC, adquiriendo y ensamblando los mismos componentes de la PC original e incluso agregándole mejoras, lo que marcó el inicio del mercado de las “clones” que abarató enormemente los precios de las computadoras y en consecuencia posibilitó la expansión de la informática a lugares nunca imaginados.

Hoy día, la empresa Apple, última sobreviviente de entre las pioneras de la década del 70, al presentar sus nuevos equipos basados en procesadores Intel, hace que la veamos ya no como la “plataforma alternativa” sino como una más en “la guerra de las clones”.

DEL HARDWARE LIBRE AL SOFTWARE LIBRE

La palabra “software” usada así, en solitario, es un término colectivo que engloba a todos los programas de computadora, esos conjuntos de instrucciones escritas con mayor o menor esmero por los integrantes más importantes de la sociedad informática: los programadores. Es que, sin los programadores, no tendríamos programas que nos permitieran hacer cosas útiles o al menos divertidas con nuestras computadoras.

No todos los programas son iguales, por eso se habla de software de aplicación (el que usamos nosotros) y software de sistema (el que es usado por el software de aplicación para acceder al hardware). En nuestro medio, el término software a menudo se suele usar incorrectamente en plural (“los softwares”) al referirse a un conjunto de programas.

El enorme éxito de la IBM PC no acabó con la competitividad entre los fabricantes de computadoras, simplemente la transformó, pasando de ser una “guerra de plataformas” incompatibles entre sí a una “guerra de especificaciones” sobre una base común que posibilitó por fin la compatibilidad del hardware.

Y EL CONSUMIDOR VIO QUE ERA BUENO

Hoy, prácticamente cualquier dispositivo informático a la venta está diseñado para funcionar en cualquier computadora medianamente actual, sin importar en ningún caso la marca del fabricante. Esto no era así hace 25 años, cuando teníamos que adquirir dispositivos de la misma marca del fabricante de nuestra computadora, y diseñados específicamente para nuestro modelo en particular.

La arquitectura abierta de la PC nos dio la posibilidad de elegir entre diferentes marcas a la hora de adquirir cada componente de nuestra computadora. Si para el hardware hay algo parecido al software libre, ésto es lo más cercano.

EN EL PRINCIPIO ERA EL HARDWARE

Fue en 1957 cuando el matemático John Tukey acuñó el término “software” para contrastarlo con el de hardware, que engloba las conexiones y los dispositivos físicos necesarios para almacenar y ejecutar el software. Lo que pasa es que, en aquel entonces, la atención de la comunidad científica se centraba en el hardware; el software era eso que venía como valor agregado al equipo. En consecuencia, los programas podían ser usados, revisados y modificados libremente por quien quisiera hacerlo.

Los primeros programadores y usuarios de la historia habían formado, quizá sin proponérselo, una verdadera comunidad basada en la colaboración desinteresada entre sus integrantes. El software, en sus orígenes, era completamente libre. No se hablaba de “software libre” y “software propietario”, sino simplemente de “software”. Parafraseando al autor anónimo de una calcomanía muy popular en Paraguay, un programador de esa época hoy diría: “yo era libre y no lo sabía”.

LA AMENAZA FANTASMA

Desde principios de los años 70, los defensores del modelo de negocios que había regulado durante décadas el acceso a la cultura, empezaron a influir en la manera en que se usaba y desarrollaba el software, haciendo la misma promesa que la industria literaria, la musical y la cinematográfica: Si se impide la libre distribución de estas obras, la sociedad obtendrá en el futuro mejores libros, mejor música, mejores películas… y mejores programas.

Los derechos de copia (copyrights) pretenden proteger los frutos de la inspiración de los creadores restringiendo el acceso del público a los mismos. Lo que realmente hacen es proteger los intereses de los distribuidores, que son los que cobran el mayor porcentaje de las ganancias por la venta de las obras, todo esto creando una barrera artificial e imaginaria entre el público y las obras intelectuales, sin tomar en cuenta la facilidad con la que actualmente puede copiarse cualquier contenido digital.

Para finales de los 70, los sistemas operativos, los lenguajes de programación y las planillas electrónicas se mezclaron en una misma bolsa con las películas de Disney, las historietas del Hombre Araña y las canciones de los Beatles; incluso heredaron de ellas las fechas de estreno, los poderes fantásticos y las giras promocionales. ¿Quién no recuerda el lanzamiento de Windows 95? Hasta hubo gente que compró el paquete sin saber que necesitaba una computadora para poder usarlo.

UNA NUEVA ESPERANZA

Pero, tal como aseguramos al principio, los programadores son los que hacen que pasen las cosas. A mediados de los años 80 (la década de oro de la computación personal) un programador, añorando aquellos tiempos en que no era delito copiarle un programa al vecino, renunció a su trabajo en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (EEUU) y empezó a esbozar el proyecto de lo que llegaría a ser un sistema operativo completo y con aplicaciones, totalmente libre de las restricciones de uso que imponen los copyrights. El nombre del sistema es GNU, y el programador es Richard Stallman.


GNU es un acrónimo recursivo que significa, juguetonamente, “GNU No es Unix”. Stallman quería indicar con ésto que el sistema operativo GNU no iba a ser una copia de Unix, sólo sería compatible con éste.

Cinco años después, Linus Torvalds, un estudiante finlandés, aportó el elemento que faltaba para completar el cuadro: el kernel, componente fundamental del sistema operativo que administra el acceso de las aplicaciones al hardware.

Hoy, veinte años más tarde de la puesta del primer ladrillo en el sistema GNU/Linux, en contra de todas las predicciones y gracias a los esfuerzos de miles (¿millones?) de programadores unidos por el milagro de Internet, podemos contar con una biblioteca de software libre que rivaliza en calidad con la del software comercial.

La perspectiva histórica que acabamos de presentar es fundamental para notar la línea divisoria entre los modelos de software comercial y libre. En el primero, la programación es una actividad que da como resultado un producto. En el segundo, en cambio, la programación es considerada un servicio, y el código fuente (listado del programa) debe formar parte del beneficio que se brinda al cliente.

LICENCIAS PARA TODA OCASIÓN

Así como hay licencias para el software comercial, que protegen los intereses de sus distribuidores y establecen las condiciones de uso para los compradores, también hay licencias para el software libre, que protegen la libertad que tienen sus usuarios de estudiarlo, modificarlo, compartirlo y usarlo como quieran.
Por otro lado, existen licencias híbridas, que ofrecen algunas de las facilidades y restricciones de los modelos comercial y libre.

La Licencia Pública General GNU (GPL) es la licencia de software libre más conocida. Se estima que un 70% del software libre se distribuye bajo los términos de la licencia GPL. Fue creada por el mismo Richard Stallman, y garantiza al usuario del programa los siguientes derechos (o libertades):

· La libertad de usar el programa para cualquier propósito.
· La libertad de estudiar el programa y modificarlo.
· La libertad de compartir el programa con otras personas.
· La libertad de mejorar el programa y hacer públicas dichas mejoras.

GPL pone énfasis en el hecho de que los trabajos derivados de programas protegidos por ella deben ser distribuidos bajo los mismos términos. En contraste, la licencia BSD de la Universidad de Berkeley permite que los trabajos derivados sean distribuidos como software propietario.

TODO POR UNA PALABRA

En el idioma inglés, la palabra “free” significa al mismo tiempo “gratis” y “libre”. Por este motivo, cuando entre angloparlantes se habla de “free software” se suele asumir erróneamente que el software es sin costo, “de yapa”, y entonces surgen prejuicios tales como: “Si es gratis, no debe ser tan bueno”.

Casi todo el software libre es también gratis, pero el término “libre” se refiere a las cuatro libertades anteriormente mencionadas. Se puede cobrar por la distribución del software libre en CDs, por ejemplo, de hecho ésta es una de las maneras de recaudar fondos que tiene la Free Software Foundation (Fundación del Software Libre) dirigida por Richard Stallman.

Pero en el ámbito empresarial la palabra “gratis” incomoda. Tanto, que en 1998 un grupo de individuos iniciaron un movimiento para re-etiquetar el software libre como “código abierto”.
El movimiento OSI (Open Source Initiative) iniciado por personalidades como Eric Raymond y John Hall, busca eliminar la ambigüedad del término inglés “free” y así captar el interés de las empresas en beneficiarse con las ventajas del software libre. Su filosofía, similar a la de la FSF, está explicada en un documento denominado “Open Source Definition” escrito originalmente por Bruce Perens.

Algunos críticos señalan que el término “open source” pone énfasis en la disponibilidad del código y no en la libertad para modificarlo y redistribuirlo. Por este motivo, y por la gran semejanza existente entre los objetivos de ambos movimientos, se suele utilizar la sigla FLOSS (Free/Libre/Open Source Software) para referirse al software acorde con sus filosofías.

SHAREWARE, FREEWARE Y DEMÁSYERBASWARE

El término “shareware” (share: compartir) se usa para etiquetar al software que puede ser distribuido libremente pero que no viene acompañado del código fuente y que generalmente presenta restricciones en su uso, como por ejemplo algunas opciones bloqueadas, tiempo de uso limitado, etcétera. Por estos motivos, los usuarios suelen referirse a ellos despectivamente como “crippleware” (cripple: lisiado).

Por su parte, el término “freeware” (aquí sí “free” significa “gratis”) se usa para etiquetar al software gratuito y de libre distribución, pero que tampoco trae código fuente y que generalmente es una versión limitada, con objetivos promocionales, de un producto comercial más completo.

Hay otras licencias más informales, como por ejemplo “postcardware” que solicita al usuario el envío de una tarjeta postal al creador del programa; “abandonware” para programas ya no mantenidos por sus propietarios; “donationware” que solicita al usuario una donación a alguna entidad de beneficencia… Todas ellas podrían caer en la categoría de freeware.

EL FUTURO NO ESTÁ ESCRITO

Los usuarios suelen tener la sensación de estar en medio de una guerra en donde está en juego nada más y nada menos que el futuro del software. Las ventajas del software libre pueden ser aprovechadas tanto por las empresas de software como por los usuarios. ¿Qué modelo predominará? Mientras ésto se define, recordemos las palabras de uno de los protagonistas principales de nuestra historia, Linus Torvalds, que resume su visión en esta frase: “El futuro es ‘open source everything’.”

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One Response to Licencias de software: Los grados de la libertad

  1. Anonymous on 07/10/2008 at 11:19

    Exelente material explicativo, en verdad es bueno que no sea partidario en cuanto a las licencias ya que en ambos casos se encuentran ventajas para todos.. Microsoft debe facilitar la legalizacion de sus softwares, no lo concigue por que impone precios altos a la hora de legalizar equipos antiguos u que hallan sido instalados sistemas “copias” en los mismos.. Se deben facilitar al publico abierto licencias accesibles. Windows Vista debe lanzar SP para mejorar su compatibilidad.

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